Íngrid Guardiola: «Lo Más Revolucionario Que Podemos Hacer Hoy Día Es Reapropiarnos Del Nuestro Tiempo»

Íngrid Guardiola acaba de publicar ‘El ojo y la navaja’ (Arcadia), un ensayo sobre el mundo como interfaz. En el número de despedida de la ‘Jornada’, entrevistamos esta productora cultural para reflexionar sobre la época en que vivimos, condicionada por las imágenes y los datos que consumimos a través de los dispostivos tecnológicos

Esta mañana estaba en el bar tomando un café y miraba el móvil. Un señor mayor a mi lado me ha dicho: «No dejar nunca de trabajar, está todo el tiempo conectados! Desconecte un poco, si no, no llegará ».
Exacto, ese es el quid de la cuestión.

En su libro justamente reflexiona sobre esta dinámica actual en que vivimos hiperconectados permanentemente.
Me interesa la relación entre tecnología y trabajo y cómo la tecnología ha diluido el mundo público y el mundo privado, para que todo esto no nos ha hecho más libres, sino al revés, nos ha hecho mucho más ocupados e incluso preocupados. Ocupados porque no dejamos de trabajar, como te decía el señor en el bar, porque estamos todo el día produciendo datos, unos datos que serán digeridas, transformadas e interpretadas por las empresas que gestionan estos espacios de comunicación. Y preocupados porque estamos todo el día ingiriendo informaciones que nos dan una imagen del mundo basada en el catastrofismo y en la violencia permanente, que genera un estado no sólo de empleo, sino también de preocupación.

¿Cómo afecta esto nuestra vida?
Haz la prueba: pásate una semana sin conectarte a las redes sociales y verás en qué cambia tu semana. Las redes sociales y algunos espacios en internet nos causan falsas preocupaciones, algunas de las cuales incluso irreales. El problema no es tanto que nos cuentan, sino como nos lo cuentan. El hecho de que vivimos en un entorno de máxima competitividad por la primicia y para capturar la atención de la gente en una economía de la atención hace que los enunciados tengan que llegar de forma muy directa y muy impactante a la vista del lector, que casi ya no es un lector sino un espectador. Esto reduce el mundo al titular. Si no hay impacto, la gente no se detiene; si la gente no se detiene, no hay clics; si no hay clics, no hay anunciantes, etc. Todo ello dibuja un escenario mediático muy violento y muy agresivo, mucho más de lo que lo era antes.

«Vivimos en un escenario mediático muy violento y agresivo, que provoca pesimismo emocional»

¿Qué consecuencias tiene sobre nosotros?
Una consecuencia muy lógica es el pesimismo emocional derivado de estar permanentemente conectados. Es verdad que vivimos en un mundo muy violento y con una forma geopolítica muy compleja, pero estas noticias basadas en el catastrofismo permanente, en la desilusión y en la impotencia social no ayudan.

¿Qué rol deberían detener los medios de comunicación para cambiar esta dinámica?
Intentar explicar las cosas desde su origen, de dónde vienen y qué consecuencias tienen sobre nosotros. Las noticias nos llegan descontextualizadas y somos incapaces de ver si hay alguna contradicción, grado de incoherencia o instrumentalización de la noticia. Todo ello, el espectador no puede ver que las noticias se quedan en el titular, no tienen lo que necesitarían para darnos esta perspectiva más crítica que es el contexto.

Dentro de la noticias, a veces el contexto sí está, el problema es si nosotros sólo miramos el titular y no entramos a leerla.
Algunos medios aportan contexto, pero no muchas. El sensacionalismo y el catastrofismo son dos estrategias de los medios actuales. Otra es la idea de la repetición, de repetir extremadamente las imágenes, que lo que hace es que al final pierdan su propio sentido. Así pues, las imágenes acaban siendo el contexto de nuestra conversación pública, no los hechos que ilustran las imágenes. Y para mí aquí está el problema. La repetición de las imágenes actúa en la línea de desvincular estas imágenes del mundo real y de las consecuencias que conllevan. Y eso me parece bastante peligroso.

Peligroso en qué sentido?
En el sentido de que nos acostumbramos a vivir en un mundo donde nada tiene consecuencias, donde la comunicación pública se convierte en una especie de juego ideológico para utilizar esta información con el fin de posicionar unos partidos políticos o unas élites económicas, pero ya no esperamos que esta información nos ayude a entender el mundo real. Como en una partida de ajedrez, al final la información se convierte en una especie de juego de estrategia, en lugar de ser información descriptiva de las cosas que pasan. Y ya no nos importa no encontrar el mundo real, detrás de esta noticia. Nos hemos acostumbrado a que, por ejemplo, el 80% de la información en los medios no sea información de política, sino de políticos, y que, de los programas políticos, en realidad no sepamos nada.

Y eso nos aleja más de ser conscientes de la capacidad de acción colectiva que tenemos.
El hecho de que lo vivamos todo como una especie de videojuego o de juego a distancia a partir de noticias muy desligadas del mundo real hace que no tenga consecuencias y que no las buscamos. Y eso alimenta la impotencia de la gente, que acaba pensando que hay cosas sobre las que no se puede hacer nada y que la única opción es cambiar de canal. Y ante esto, hay quien se dedica a amansar esta desesperación social ofreciendo soluciones. Por ejemplo, los bancos, las aseguradoras, las empresas tecnológicas y las empresas de innovación tecnológica son toda una serie de actores que ofrecen soluciones para un mundo que parece que está diseñado para no tener remedio.

¿Qué tipo de soluciones?
Por ejemplo, en la idea de que el futuro de la economía tenga que pasar inevitablemente por la innovación tecnológica y sus derivados, es decir, el modelo de Silicon Valley, que nadie ha cuestionado. Todo el mundo ve un futuro, sin analizar como importamos este modelo económico sin tener en cuenta nuestra realidad inmediata. Todas las universidades, por ejemplo, se amparan en eso para poner asignaturas de emprendimiento e innovación tecnológica, todo el mundo tiene como meta ser el Mark Zuckerberg del futuro. Es un modelo mitológico; en un marco de competitividad extrema y en el que todo el mundo debe luchar por su futuro de forma individual y atomizada, sólo uno de estos ganará, y yo quiero ser este uno. No se ha reflexionado en cuáles eran las consecuencias de importar este tipo de soluciones económico-laboral.

Corremos el peligro de estigmatizar y demonizar el uso de unas tecnologías que están aquí y no desaparecerán?
Precisamente, en la segunda parte del libro lo que reivindico es entender que la tecnología no es ni buena ni mala, sino que hay que saber cómo la usamos y cómo se estructura. Siempre hablamos de cómo se utiliza, pero también hay que mirar quién está detrás de esta tecnología, que la gestiona. Y preguntarnos si podemos dar una dimensión más pública a los datos digitales; por ejemplo, municipalizar los datos que generamos, que actualmente están en manos de cinco grandes empresas. Tenemos que empezar a hablar de soberanía digital, considerar los datos un bien público y poner todo este debate sobre la mesa de nuestros administradores públicos, sean locales, autonómicos o estatales.

«Ver el mundo a distancia hace que nos comprometemos mucho menos, porque cuesta mucho atravesar las pantallas»

Esta hiperconexión en que vivimos y el hecho de que cada vez nos relacionamos más con el mundo a través de las interfaces, cómo afecta las luchas sociales?
Reduce los encuentros en el espacio público, que además cada vez está más privatizado, y eso reduce las luchas sociales. Es cierto que hay muchas luchas en muchos frentes del espectro social, pero son muy fragmentarias; falta una interseccionalidad de luchas, una suma de intereses y poner en común los intereses de cada uno de todos estos colectivos o personas. Como estamos tanto en habitaciones privadas, nos acostumbramos que la realidad es una especie de on-off en el que podemos apagar o encender las cosas en cualquier momento. Esto hace que la realidad tenga un carácter muy ilusorio; así, por ejemplo, cuando vemos la política a través de los medios, de las pantallas, de Facebook o de la televisión, nos parece que no tanto con nosotros. Ver el mundo a distancia hace que nos comprometemos mucho menos, porque cuesta mucho atravesar las pantallas. Igualmente, cuando hay cosas que nos molestan, apague la pantalla y es como si no existieran.

Cuando impulsar el proyecto de la Jornada, nos pasamos meses hablando de forma individual o en grupos pequeños con personas para animarlas a hacerse socias promotoras. Logramos que muchas se convirtieran en cómplices del diario y hay hicieran aportaciones de capital social. Entonces pasamos a hacerlo público y, poco a poco, fuimos abandonando los encuentros personales de presentación y tendimos cada vez más a hacer promoción únicamente a las redes. En el mundo digital mucha gente nos ha apoyado, pero conseguir a través de las redes que la gente se suscriba o se haga socia ha sido más complicado.
Es que es más impersonal, eres un dato más en un mundo de datos.

Parece que sólo poniendo un me gusta o Retwittear ya estás apoyando.
Cuesta mucho más el compromiso. Y son unas reglas muy diferentes del juego. Además, la idea de me gusta es chantajista: lo acabas haciendo porque lo hacen los demás.

En este contexto, hay espacio temporal para proyectos como la Jornada?
Por supuesto que hay lugar, pero contando con la complicidad de la gente y de las administraciones públicas. Esta idea de la independencia total y absoluta no tiene ni pies ni cabeza. Si quieres hacer un proyecto a largo plazo, necesita también la complicidad del sector público.

En el libro alerta, como decíamos al principio, los cambios que esta hiperconexión crea en relación con el trabajo.
Las redes te ofrecen un tiempo cuantitativo, no cualitativo, y lo único que tenemos es nuestro tiempo, y el tiempo es lo que te asegura una vida digna, de calidad. Cuando se consiguieron las ocho horas de trabajo, una parte del problema era el tiempo, en el sentido de no tener ningún tipo de tiempo para vivir la vida fuera de este contexto de producción -aparte de

y las condiciones de explotación y cansancio físico real. Y no hemos cambiado mucho. Seguimos en este contexto de sobreproducción; así pues, lo más revolucionario que podemos hacer hoy en día es reapropiarnos de nuestro tiempo.

Como nos lo hacemos?
Para poder reapropiarnos de nuestro tiempo, el convenio laboral y el contexto socioeconómico deben favorecerlo, debes poder hacerlo. Por ejemplo, garantizando un sueldo mínimo digno para no tener que trabajar en tres frentes. Saliendo de las redes sociales ganas muchísimo tiempo, pero también hay que reestructurar todo lo que te rodea. No podemos sólo echar la culpa a las redes sociales; es el capitalismo actual, que está diseñado tomando la velocidad y la urgencia como herramientas de rentabilidad primordial.

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