«Hay De Vivir Una Mica Antes De Empezar A Traducir»

Treinta años de trabajo la han hecho merecedora de la Cruz de San Jorge este 2018 y del premio Ciudad de Barcelona de traducción por ‘Los demonios de Loudon’, de Aldous Huxley; los traductores están cada vez menos invisibilizados

¿Cómo reaccionó cuando supo que le habían concedido la Cruz de San Jorge?
Pasé dos horas pensando que se habían equivocado de teléfono [risas]. Me sorprendió muchísimo, es algo tan fuera de medida … Me llamó la consejera y me dijo que quería hacer un reconocimiento a los traductores y que le parecía que yo era la persona. Como representante de los traductores me parece muy bien; como yo, como persona, aunque lo encuentro un poco exagerado.

Pero ha hecho mucho trabajo.
Sí, he hecho trabajo; está muy bien y lo agradezco mucho. Yo siempre había pensado que la Cruz de San Jorge era para viejitos ilustres [risas].

Está muy bien, sin embargo, que este reconocimiento se otorgue a gente que ha trabajado mucho pero que todavía es activa, como usted.
Sí, es importante, y aún más en este trabajo de traductor, tan solitaria, en la que no eres nada consciente de estar haciendo nada más allá del trabajo en sí. Tiene altibajos; hay momentos en que te parece que eres muy desgraciado y hay momentos en que te dan un premio simplemente por haber hecho tu trabajo.

Encuentra que ha aumentado, la visibilidad de los traductores?
sí; creo sobre todo que el cambio lo ha propiciado la proliferación de las editoriales independientes, personas muy comprometidas con la cultura, con proyectos muy personales, que nos tratan mucho mejor y son conscientes de que la traducción es importante. No quiero decir que los grandes grupos no lo hagan, pero sí a menudo eres la última ficha de un mundo cultural concreto. Con las editoriales pequeñas te sientes parte del proyecto, te tratan bien. Te pagan lo que pueden -Cobrar siempre es un poco complicado con la traducción, porque no sabes lo que sería justo y qué no-, pero sentirte parte de algo es muy agradecido.

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«Siempre había pensado que la Cruz de San Jorge era para viejitos ilustres»

Esta proximidad también ha hecho que tome fuerza la figura del traductor como prescriptor.
sí; antes se podía hacer, de vez en cuando, pero las editoriales no te hacían mucho caso. Ahora se prestan mucho, que opines y que puedas traducir algo que te haya gustado. La relación es más de colegas, por decirlo de alguna manera.

A pesar de que ha ganado prestigio, la traducción sigue siendo un oficio precario.
Es muy difícil. El otro día leía una entrevista con Edith Grossman, la traductora del Quijote al inglés, en el que decía que si querías hacer dinero no fueras traductor. No sabes si tendrás trabajo continuamente, puedes pasar dos meses parado como cualquier autónomo, al fin y al cabo.

Compagina su trabajo de traductora con la de profesora asociada en la Universidad Autónoma. Qué intenta transmitir a sus alumnos?
Sobre todo intento que se den cuenta que traducir no es fácil. Cada vez pongo textos más difíciles, para que sean conscientes de todas las cosas en que se fijarán. Quiero que vean que hay detrás de las palabras, más allá de la palabra en sí. También trato de transmitirles la importancia de la revisión. Intento, en resumen, hacerles ver lo que yo misma hago cada día. La única diferencia es que en casa lo hago sola y en clase trabajamos juntos.

No es lo mismo traducir ahora que antes de internet, no sólo por la facilidad para hacer consultas lingüísticas, sino también en cuanto a la búsqueda de referentes culturales concretos.
Google nos ha cambiado absolutamente. Ahora cualquier cosa que me resulta un poco extraña la busco en Google y puede que no me da la respuesta exacta pero me hace profundizar mucho en la palabra o la frase en cuestión. Hay quien dice que después de Google debería volver a traducir todo. Y es cierto.

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«Las editoriales independientes son más conscientes de la importancia de la traducción»

Ha traducido grandes nombres: Coetzee, Munro, Tolkien, Carver … y también Virginia Woolf. Es mucho, a la traducción de La señora Dalloway?
Sí, este es el libro al que me he dado más y lo que más me ha dado. Fue una revelación traducirlo; al principio me costaba mucho entrar y, de repente, vi disfrutar mucho. Es un libro que me ha revelado algo sobre la traducción.

Hay una parte de autoría, pues, en las traducciones?
El lector quiere leer, después de todo. En general, no le importa mucho la traducción y, por lo tanto, cuanto más transparente seas, mejor. No invisible, pero sí transparente. A La señora Dalloway buscaba, precisamente, esta transparencia: como es un libro complicado, debe ser muy transparente, no podía hacerlo confuso. Es innegable que la traducción pasa por tu sistema, por las palabras que te gustan, por aquellas que para ti significan lo mismo que está diciendo un autor determinado.

Y ahora, revisando, traducciones antiguas, cuál Dolores encuentra?
Uy, es muy fuerte. Aparte de algún error del que decíamos antes de Google, me doy cuenta que las palabras son las mismas, pero le veo poca profundidad. Lo que ahora

intento, revisando, es que todo tenga más peso. Lo que he aprendido a lo largo de estos años es ser capaz de leer más allá de la frase.

Se llega con la vida vivida, a esta profundidad?
No estoy segura. También pienso que el atrevimiento de la juventud va muy bien para traducir, para que te lanzas. Ahora tal vez ya me ha pasado, pero hubo un tiempo en que dudaba de todo lo que hacía. Lo que sí que encuentro es que no hay que empezar muy joven, no antes de los 30 años, por ejemplo. Hay que vivir un poco antes de empezar a traducir: no sólo se necesita experiencia lingüística, sino también vital.

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