COMENTARIO: El presidente de Valencia, Ximo Puig, merece crédito por la lucha de COVID en la Costa Blanca de España, pero ¿por qué no podemos levantar una copa de alegría por la noche?

No se puede discutir el sorprendente giro de la crisis del COVID-19 en la Comunidad Valenciana, que provocó que el virus se volviera loco en enero y la convirtiera en la región ‘enferma’ de España.

Ahora, en la segunda quincena de marzo, la región está produciendo tasas de infección que son las más bajas del país y, para el caso, de Europa.

La palabra «prudencia» ha sido pronunciada lo que parece un millón de veces por el presidente valenciano, Ximo Puig, cuando se impusieron duras restricciones a finales de enero.

Eso siguió a una debacle de diciembre donde las medidas no fueron lo suficientemente fuertes, presumiblemente para mantener algún tipo de normalidad durante el período de Navidad, Año Nuevo y Reyes.

Irónicamente, lo ocurrido en ese terrible momento ha influido en la visión de Puig, y la de la ministra de Salud, Ana Barceló, para tomar casi un camino opuesto antes de Semana Santa, y quizás hasta mayo.

Se ha aprendido una lección que ha cosechado importantes dividendos y ha salvado vidas, además de garantizar que los hospitales no se abarroten, aunque se acercó a ese punto en pleno invierno.

A fecha de jueves pasado (18 de marzo), la Comunidad Valenciana en su conjunto tiene las tasas de contagio más bajas de España con 39 casos por 100.000 habitantes frente a la media nacional de 127 o 224 en la Comunidad de Madrid.

La provincia de Alicante, incluida la Costa Blanca, tiene ahora menos de 30 casos por cada 100.000 habitantes.

Cualquier cosa por debajo del punto de referencia de la Organización Mundial de la Salud de 50 casos coloca a un área o país en una categoría de ‘bajo riesgo’ de coronavirus.

Las cifras del Valencia son más que buenas. Son excelentes y el ‘amor duro’ ha compensado que la región no haya actuado totalmente en conjunto durante el ‘seguimiento y localización’ el año pasado, junto con una implementación más lenta de las vacunas en comparación con otras partes de España.

Pero existe la sensación de que con el aumento de las violaciones de las reglas y el número de fiestas ilegales, más y más personas están llegando al final de sus ataduras después de un año de restricciones.

Eso es comprensible y quizás un poquito de sentido común debería entrar en juego desde Valencia más que la rigidez y la constante mención de la ‘prudencia’, que aburre los proverbiales pantalones de todo el mundo.

Se trata de poner a la gente de su lado y mostrar una lógica coherente.

La abrumadora cantidad de brotes de COVID en la región de Valencia provienen de reuniones familiares en el hogar, seguidas de situaciones laborales y educativas.

Esas son cifras oficiales del Ministerio de Salud que muestran que muy pocos brotes pueden atribuirse a la hospitalidad desde junio pasado, donde al menos se pueden imponer reglas de distanciamiento social y uso de máscaras.

Por eso, y para disgusto del sector de la hostelería, parece haber poca lógica en las políticas de Puig.

Las tiendas no esenciales, con gente dando vueltas, pueden permanecer abiertas hasta las 20.00 horas, pero la hostelería debe cerrar a las 18.00 horas. Los dueños de bares y restaurantes frustrados miran con envidia las regiones vecinas como Murcia mientras los clientes son atendidos hasta media noche.

Y no importa lo que digan los políticos, nadie puede vigilar lo que sucede en las casas privadas y cómo la gente elige reunirse a puerta cerrada.

Seguramente la apertura controlada de bares y restaurantes hasta digamos las 21.00 o las 21.30 horas tiene sentido, y no solo desde la perspectiva empresarial del sector en apuros.

Pero a diferencia del año pasado, la renuencia de Puig a ofrecer una generosa reducción de las restricciones de hospitalidad ha levantado algunas cejas.

Quizás haya algo de rodilla doblada en dirección a sus socios de coalición de izquierda, Compromis, y su vicepresidenta, Monica Oltra, quien ha sido propensa a comentarios ‘espontáneos’ que han llevado a retrocesos y negaciones.

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VICEPRESIDENTE VALENCIANA, MONICA OLTRA

Algunos grupos de hostelería no son fanáticos de ella, pero Puig tiene que asegurarse de que Compromis esté de su lado o de lo contrario su coalición se ve un poco inestable.

Los compañeros socialistas de Puig claramente sintieron que había tiempo para un ligero cambio cuando lo obligaron a cambiar su postura antes de una ligera relajación que comenzó el lunes pasado.

No había planes para reanudar el servicio de bar y restaurante interior esta semana, a pesar de las buenas noticias sobre las tasas de infección, que son más bajas que la mayor parte del verano pasado.

Puig entonces encontró a sus compañeros dándole un ultimátum de que vetarían las relajaciones a los centros deportivos y gimnasios si la hospitalidad interior no volvía a abrir al 30% de su capacidad.

Él cedió, pero las restricciones de hospitalidad actuales siguen siendo draconianas y muchas empresas aún deben reabrir, si es que alguna vez lo vuelven a abrir.

Nadie discute la necesidad de ese sinónimo de ‘prudencia’, pero el sentido común y la lógica también deberían prevalecer para animar el ánimo a tomar una copa o una comida por la noche sin desviar la seguridad de la salud en lo que de otro modo fue una estrategia exitosa para Ximo Puig.


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